"EN CASA LE TENGO DECLARADA LA GUERRA A LAS TOALLITAS"

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Es sábado por la mañana y hace un frío de esos que entumece las manos cuando se mezcla con la humedad del río. En estos días, en los que el otoño se deja vencer por el invierno más por viejo que por cobarde, debería haberme puesto guantes, como me ha dicho mi padre antes de salir de casa. Jesús ya me lo avisó el día anterior, cuando concertamos la entrevista. -“Vente abrigado que con el río…”.

Espero a Jesús, que llega tarde, en el cruce del paso a nivel de Arcos de Jalón, con mi gorro de lana y mi baile de San Vito por el relente. Sube con la furgoneta del Ayuntamiento y su uniforme oficial de color naranja ciego. Yo lo llamo así y de esta manera vais a saber perfectamente qué color es. Ese naranja es tan fosforescente que, si lo miras más de tres segundos, te deja ciego. Realmente el color que predomina en el uniforme es el azul, creo, pero el naranja lo ha eclipsado todo.

En la furgoneta avanzamos por una carretera paralela al Jalón, en dirección al paraje de El Tejar. A escasos 500 metros de subirme, tras pasar una urbanización de chalés, nos paramos. - “Voy a buscarte en el coche, espérame en el paso a nivel y te llevo”. - Eso ha sido lo que me ha dicho, hace diez minutos, cuando hemos quedado ahí y eso es lo que ha hecho, llevarme… 500 metros. Al menos llega tarde porque ha parado para comprarme una lata de refresco en el supermercado de Mayte, donde trabaja Vero, su mujer. Con este frío, más valía que hubiera trabajado en un puesto de cafés calientes, pero igualmente lo agradezco.

Buen tío es “el Chechu”. Porque aquí todo es así. En realidad, la tienda es de “la Mayte”, allí trabaja “la Vero” y Jesús es “el Chechu”. Pero voy a mantener las formas y volver a meternos dentro de la furgoneta con Jesús, donde ya me encuentro, parado frente a una puerta de forja pintada de verde. Pues es eso, “cosas de los pueblos”. Vamos en coche de “aquí a aquí”, y nos da pereza coger el metro en Madrid para dos estaciones. Supongo que será por no perdernos entre líneas de colores.

Nos bajamos de la furgoneta para entrar a las instalaciones de la depuradora.  Son dos piscinas, una cuadrada y otra redonda. Y luego un montón de bidones, tolvas, bombas, canalizaciones, tuberías, cables, botones, medidores… Madre mía. Un controlador aéreo maneja menos cosas. Realmente habíamos quedado para hablar del problema de las toallitas y de las implicaciones del COVID en su trabajo, pero acabo enamorándome de su oficio. Tiene una pasión gigante por él, por lo que ha aprendido, por lo que sabía y ha aplicado aquí… Me cuenta cómo consiguen que el agua, que llega completamente contaminada, termine transparente en el río sin utilizar productos químicos: “Son unas bacterias que se lo comen todo. Están en los lodos. Actúan con el oxígeno y se comen todo lo orgánico dejando el agua limpia”. Estupendo, pienso yo. Pues ya está, problema resuelto. El agua se depura y se devuelve al río, es perfecto.

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-“Lo de las toallitas es incomprensible. Estamos hartos de verlo en la tele, en todos los medios. Y la gente no se conciencia. De un tiempo para aquí, lo que he visto es que no ha seguido aumentando. Pero es una barbaridad la cantidad de toallitas que llegan aquí y los atascos que por su culpa tenemos”.- La labor principal de Jesús es vigilar que todo el sistema funcione correctamente y arreglar cualquier cosa que pueda surgir, para que no se altere el correcto funcionamiento de la planta. -“La inmensa mayoría de los problemas que tenemos son por atascos de las bombas por las toallitas dichosas”-, me dice mientras saca el móvil de su bolsillo. Lo enciende y empieza a enseñarme fotos. Me quedo impresionado, pero más me sorprendo cuando me dice que hace constante limpieza de rejas y filtros mientras me abre una compuerta para verlos. -“La gente no para de tirarlas al WC por mucho que se les dice, es un problema que las marcas las sigan vendiendo con el argumento de que son biodegradables. Lo serán, pero a los cinco años. Aquí llegan enteras, se hacen pelotas gigantes y lo atascan todo poniendo en peligro que pueda haber vertidos a los ríos”.-

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La visita a la depuradora me ha abierto los ojos a un problema que sabía que existía, pero no había palpado. Yo no uso toallitas. No las he usado casi nunca. Cuando mi hija era bebé sí, son muy cómodas, pero las tiraba a una bolsa al lado del cambiador y luego a la basura orgánica. Y encima me ocurre que no me resultan apetecibles para limpiarme de mayor. Decido comentar esto con Jesús. -“Alguna vez me he limpiado con ellas y se te queda el culete húmedo, como suave.”- me dice entre risas.

El problema de las toallitas es el más importante, pero no es el único con el que se encuentra Jesús y la totalidad de estaciones depuradoras como la de Arcos de Jalón. “Cada plástico que tiramos al suelo, cada colilla, cada palo de chupa chups… todo viene a parar aquí”. Mi cara de asombro le invita a darme la explicación sin yo tener que preguntar: “¿No ves que cuando llueve, el agua lo arrastra todo hasta las alcantarillas? Luego todo eso viene aquí”, y me señala una maquinaria por la que se bombea y filtra el agua. “Mira, mira, un bastoncillo de los oídos”, me espeta mientras señala con el dedo al filtro por el que sale el agua sin residuos sólidos.

Una vez que hemos dado toda la vuelta a la estación, nos vamos al despacho, donde me sorprende que hay hasta un laboratorio. -“Aquí analizo la calidad de las aguas potables, ya hablaremos otro día de esto, que tengo a Alma y a Iker esperándome”.- Al mentarme a sus hijos me acuerdo: “Tío, no te he preguntado por la labor que haces enseñando esto a los niños”. Me mira, mira al reloj, y con cara de “la Vero me mata” me habla de cómo los niños se quedan igual que yo de sorprendidos, y de que el viaje que experimentan es el mismo que acabo de experimentar yo.

Mientras me acerca de nuevo al paso a nivel, en esos 500 metros, le pregunto, más por curiosidad tonta que por contarlo después: “¿Y en tu casa qué, los llevas a raya con las toallitas?” – “En mi casa le tengo declarada la guerra a las toallitas, si entran a casa las devuelvo a la tienda”. 

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Montse Martínez
POR
Montserrat Martínez,
  1 feb

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