LA LEYENDA DE LOS TOROS DE SANTA TERESA DE JUDES

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La semana pasada nos pusimos todos las botas... de nieve. Pasamos el fin de semana informando sobre la histórica nevada que nos ha caído encima y os enseñamos, por Instagram y Facebook, en directo, cómo estaban nuestros pueblos el viernes y el sábado. Corresponsales de todo el Alto Jalón enseñaron a más de 3.000 personas nuestros pueblos. ¿Me perdonaréis no haber escrito un #MePongoLasBotas a cambio de eso? Qué preguntas hago... yo tampoco puedo perdonármelo. Por eso, aunque la nieve le sigue poniendo algunas puertas al monte, nos vamos hacia Judes con nuestras botas puestas. 

Judes es una pedanía de Arcos de Jalón desde los años setenta. Antes tenía Ayuntamiento, plaza, frontón... más o menos lo que sigue teniendo, pero habitado por un montón de vecinos que, a partir de los años treinta, se fueron yendo atraidos por las ciuades, las fábricas, por los sueldos y, seguramente, repelidos por el frío y la nieve que caracterizan los inviernos. Una nevada tan grande no caía desde hace mucho tiempo. Hay que buscarla en otro siglo. Como en otro siglo quizá fue lo que ahora os cuento, en parte, cierto: 

Cuando sintió en la mejilla el primer copo de nieve y se derritió en su cara resbalándole cual lágrima, Felipe pensó que seguía llorando por dejarlo todo atrás y de malas maneras. No había parado de hacerlo desde hacía seis días. Quedaba ya cerca su casa, pero quedó lejos su alma cuando ella le miró y él, que no había entendido nada, se marchó transmitiéndole a Clara con un portazo su adiós. Estaba tan ensimismado pensando en lo diferente que podría haber sido, que cuando volvió de si mismo, su rebaño y él ya pisaban un fino manto nevado.

Felipe y sus doce toros bravos cruzaban la Sierra del Solorio, entre sabinas y copos, de vuelta a Monreal de Ariza, donde estaba su casa. Había comprado los toros en Ciudad Real con la intención de criarlos en su pueblo y ofrecerlos para lidia en las plazas de todo el Alto Jalón. Seis de ellos estaban reservados a los festejos de Arcos, pues el alcalde era su amigo; otros tres para Ariza, donde tenía un compromiso; y los últimos, los que más cuidadosamente había escogido, eran para la fiestas de su pueblo.

A penas le quedaba un día de camino, cuando el manto blanco se había convertido en diez centímetros de nieve. El viento arreciaba al mismo paso que la nevada se volvía cada vez más intensa. En menos de media hora todo era blanco. El camino había desparecido y la orientación era imposible. Nada era visible. Blanco, sólo blanco que se mezclaba con el negro de sus doce toros bravos envueltos en la niebla del vaho de sus alientos. 

Tras dar varios pasos a un lado y volver de nuevo al otro, pudo ver como sus huellas se borraban en segundos de la nieve cada vez más alta. Le pareció una metáfora de lo que debebería ser la vida para hacerlo todo más sencillo. Aún dejando huellas profundas, al volver atrás ya se habían ido y quedaba todo virgen, inmaculado como la inocencia de un niño. Con medio metro de nieve dirigió a su rebaño hacia un claro que se abría entre montañas y bosque, después de andar por lo que él creyó que podía ser el sendero. Se había perdido, eso era cierto, pero al menos aquí no era blanco fácil de algún lobo hambriento. Viniera por donde viniese lo podría advertir más a tiempo. Esperaría a que parase de nevar para encontrar el norte y seguir de nuevo.

El plan no estaba mal. Felipe estaba en lo cierto. No habría sido un mal lugar desde donde divisar, desde más lejos, cualquier amenaza posible.

Se encontraba en medio del claro cuando un crujir inconfundible hizo temblar sus pies enterrados en la nieve. Era hielo que se estaba resquebrajando lo que estaba percibiendo, pero ¿qué había debajo de sus pies húmedos y congelados? Felipe quería llegar a su casa, ir a ver a Clara, pedirle perdón y darle un gran beso, pero la Laguna de Judes tenía otros planes para ellos. Cuando ya había rezado más de veinte 'padrenuestros' se le ocurrió una promesa: Daría tres toros bravos a quien le salvase de aquello. Felipe vio la muerte segura, suya y de su rebaño, y le pareció buen negocio cambiar a todos por tres.

En el momento de hacer la ofrenda a lo más sagrado apareció un judeño, con una vara en la mano, que guiaba a treinta cabras marrones y negras. -"¿Qué hace usted ahí parado?"- Le preguntó el de Judes mientras, para que se acercase, le hacía gestos con la mano. -"He oído como el hielo crujía bajo mis pies y los de mi rebaño y temo moverme y caerme al lago helado"-, respondió Felipe temboroso y asustado. -"Pero no hombre por Dios, salga sin miedo y venga conmigo, que la Laguna de Judes se seca en invierno, tendría algo de barro que se habrá helado, pero debajo tiene usted tierra, buen hombre, venga a mi lado"- contestó el pastor mientras se reía de ver a Felipe tan asustado.

Felipe acabó, con el pastor, refugiado en Judes y cumplió su promesa. Al pueblo le regaló tres toros bravos, dando lugar así a lo que fueron las fiestas de Judes. La tradicción perduró en el pueblo hasta hace más bien poco en comparación con la leyenda. En las fiestas, cada año se compraban tres toros. Algún figura del toreo y algún torero figura paseó por allí sus suertes. La carne de aquellos morlacos se vendía entre sus habitantes para costear los festejos del año siguiente. Todavía, hasta hace poco, se compraban tres vaquillas entre todos los veraneantes y los pocos residentes, hasta que el escote fue demasiado o hasta que había demasiados cuernos para pocos asistentes.

Nos pondremos las botas la semana que viene de nuevo. Esta vez nos iremos a la parte aragonesa del Alto Jalón, ahí os lo dejo. ¿Dónde iremos?

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POR
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