ARIZA TIENE ÁNGEL

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La Semana Santa de Ariza está llena de tradiciones, unas antiguas y otras más recientes. Tenemos “rompida de la hora”, Vía Crucis, procesiones... algunas de las imágenes que recorren las calles son tallas preciosas como el Cristo de la Cuna, con sus brazos articulados que atestiguan una tradición ya perdida de descendimiento de la Cruz. O como el Cristo del Gallo, que según la tradición procede de Bordalba y cuya apropiación nos dejó de recuerdo el sobrenombre de “robacristos” a los de Ariza. Otras son simplemente un armazón vestido con brazos y cabeza añadidos, aunque los arizanos las apreciamos como si fueran de Salzillo, que para eso son nuestras.

Pero si algo nos distingue es nuestro Ángel, único en Aragón y en la comarca, aunque parece proceder de Aranda de Duero, donde también se celebra junto con Tudela y Peñafiel. Imposible de olvidar para quienes hemos “echado el Ángel”, es el acto que más expectación genera, con la familia de la niña (o el niño) y sus allegados hechos un manojo de nervios, mientras el Ángel aguarda en el arco a que se haga el silencio para decir su “verso”.

Recuerdo como si fuera ayer el momento de abrir la puerta de casa y encontrarme a Encarna Menés (a quien compraba la leche con mi cantarilla de plástico todos los días) junto a otras mayordomas viniendo a preguntar si quería ser el ángel de ese año. Cómo explicar la ilusión de mi abuela Inés que escribía año tras año el verso siempre diferente, pero con su estilo inconfundible, haciendo el de su nieta. Tanto se emocionó que me llenó dos folios: todos los recreos los pasaba memorizando el que probablemente ha sido el verso más largo que Ángel alguno haya tenido que aprender. Años después también lo echaron mis hermanas Arancha y Eu, pero con ellas tuvo más consideración porque fueron bastante más breves.

Llevaba entonces el Ángel bajo el vestido, un corsé y unas alas que se clavaban bajo las costillas cuando estabas colgada, así que para acostumbrarme a declamar en tan cómoda posición, hacíamos ensayos. Mi padre me descolgaba por el balcón del corral que había en casa del tío Rafa y la tía Anuncia, mientras Amelia y Matilde desde el balcón de enfrente y mis primos desde el suyo, me observaban.

Recuerdo también ir a la zapatería de Teresita a por las sandalias y las capas de camisetas y jerséis que mi madre me puso para que no pasara frío, en tal cantidad que siendo yo bien delgada de pequeña, aparezco rellenita en las fotos. Pero la ilusión más grande de aquella niña fue que esa noche vino a peinarme a casa “Paco” el peluquero: me hizo tirabuzones y me colocó una corona de flores, eso me hizo sentir realmente especial.

Y así, con mis sandalias, mis jerséis, mis tirabuzones, el corsé, el vestidito de raso y las alas, crucé los escasos metros que separaban mi casa del arco de metal tan feo que se montaba todos los sábados santos en el Hortal y subí por la escalera de mano hasta arriba. Del resto, casi no recuerdo nada, la paloma volando, el silencio del pueblo mientras yo echaba mi verso, los Vivas que la gente respondía, mis amigas acompañándome bajo la imagen de la Virgen de la Resurrección hasta la Iglesia y la cantidad de besos y enhorabuenas que me dieron esa noche.

Por eso todos los Sábados Santos me emociono cuando veo el Ángel, porque sé la ilusión y los nervios que conllevan. Y aunque tengamos que esperar otro año más para disfrutarlo: arizanos, arizanas, gritad todos conmigo:


 ¡Viva la Virgen de la Resurrección!, ¡Vivan los mayordomos!, ¡Viva el pueblo de Ariza!

¡¡VIVA EL ÁNGEL!!


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