CAPÍTULO 6: VISITA A LOS RANCHEROS

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VI VISITA A LOS RANCHEROS


Joe Plomo alzó la mirada y divisó la montura de Calvert y dos de sus secuaces. El ranchero dejó sus quehaceres en la cuadra y salió al encuentro de sus visitantes.

- ¿Qué se les ofrece? No creo que se hayan perdido por aquí, hoy hace un día soleado, ¿buscan petróleo en mis tierras? Si hubiera oro líquido por aquí, igual mandaba a paseo las vacas…

Joe Plomo parecía no querer callar hasta que Calvert desmontó.

- Señor… Joe, vengo de parte de mi patrón, Baxter. Le voy a ser muy directo: traigo la mejor de las ofertas por su rancho, diez mil dólares y un empleo para usted en la empresa petrolera.

- No es mala oferta, pero también doy trabajo a unos cuantos pastores y conductores de ganado, personal que me ayuda con la cosecha…

- Seguramente, esas personas podrán seguir trabajando para Baxter en su compañía petrolera o buscarse la vida –repuso Calvert.

- Supongo que esto será inevitable… ya es la segunda oferta que me hace llegar el señor Baxter y…

- Y no creo que le vaya a hacer una tercera. Yo que usted no me expondría a que las tierras y el ganado se devalúen.

- ¿Y si espero a que compren el resto de ranchos? Lo cierto es que últimamente me han aparecido varias cabezas de ganado muertas en extrañas circunstancias…

Calvert tomó con sus manos de forma delicada el chaleco de Joe y dijo con voz serena y mirada penetrante:

- A todos se les va a pagar por acre cultivado y por cabeza de ganado… viva. Cuanto antes venda, más dinero le pagarán porque más ganado seguirá vivo.

La habitual locuacidad de Joe Plomo pareció venirse abajo al escuchar la última palabra. Y vio en el rostro de Calvert una expresión que no le agradó en absoluto.

- Mañana volveré y si le parece bien, firmaremos el contrato de compraventa. Hasta mañana, señor Joe.

Calvert dio media vuelta en su caballo y partió con sus acompañantes hacia el rancho de la viuda Aspen.

Joe Plomo regresó a la casa con el alma medio congelada.

***

La viuda Aspen vestía todo de negro, lo que resaltaba aún más su pelo casi totalmente blanco.

- Mire, ocho mil dólares es mucho dinero, pero el trabajo de mi marido y su memoria no tienen precio. Si debajo de esta tierra hay petróleo será porque Dios así lo ha querido. También hay pasto para los animales y tierra fértil para cultivar el cereal. Dígale a su amo que mis tierras siguen sin estar en venta.

- Señora, con todos mis respetos, estoy convencido de que si viviera su marido, nos lo pondría más fácil. Todo tiene un valor y ocho mil dólares es un precio más que razonable por sus tierras. Quizá dentro de un mes este terreno valga menos… me han comentado que hay lobos salvajes por la zona que matan las ovejas y cuatreros que roban cabezas de ganado a diario. El señor Baxter solo quiere ofrecerle más dinero.

- Tengo mucho que hacer… ya ha escuchado bastante, hágaselo saber. Y dígale también que si está tan preocupado como yo por la aparición de ovejas muertas…, a balazos. Los lobos no disparan, ¿o me equivoco, señor Calvert?

Intervino entonces el recién llegado al rancho de la Aspen, un capataz llamado Taylor, al frente de media docena de hombres, y que ya se había cobrado fama de holgazán en los pocos días que llevaba al frente del mismo.

- Permítame decirle, patrona, que la valoración de las tierras es excelente. Las ovejas pasarían a otros pastos, no sé, o algún desconocido desalmado. Lleva razón este hombre respecto a los cuatreros…

- Nadie mata ovejas o roba ganado si no es para comer o para sembrar el pánico. Claro que eso a las autoridades de este pueblo les da igual.  Taylor, pareces más un perito que capataz de rancho…

- Está muy bien pagado y con el dinero puede vivir muy bien en cualquier casa del pueblo.

- Siempre he vivido aquí; si ahora tengo que oler a petróleo, pues seguiré conviviendo con ese olor. Y tú, llegaste hace una semana… ¿y ya quieres perder tu empleo?

- No es esta una tierra para una mujer sola… -comentó el capataz Taylor.

Parece que esta última frase impactó de lleno en el orgullo de la viuda Aspen, quien le echó una mirada fulminante, como sus palabras:

- Mejor sola que mal acompañada, recoge tus cosas, hoy ya no dormirás aquí. Te pagaré el doble de la semana que has estado aquí, como veis yo también puedo ser generosa.

Taylor la miró rascándose la cabeza y meneándola como mostrando incredulidad.

- Se arrepentirá, viuda Aspen –le dijo por toda contestación.

- El duelo por un marido muerto tiene su límite en el tiempo, señora –le soltó Calvert

- ¿Qué insinúa? –dijo la viuda haciéndole frente.

- Que todo tiene su límite… adiós señora, hasta más ver –se despidió Calvert.

***

Taylor no tardó en reunirse con el equipo de petroleros en el pueblo.

- Has sido muy torpe, Taylor. Te necesitábamos dentro, no fuera –le habló Calvert con desprecio.

- Ya viste, no me dio opción, la señora tiene bien puesto el sombrero –se excusó el ya ex capataz del rancho la viuda.

- Tonterías, a partir de mañana haremos las cosas a mi manera. Espero que te defiendas mejor con el revólver que con las palabras. No creo que esto le agrade al jefe Baxter.

***

El mayor de los Martínez recibió a Lex Baxter en el espectacular pozo de agua que el rancho poseía a su entrada.

- ¿Otra visita de cortesía, Lex? ¿O está rastreando a la banda que robó el oro del banco?

- Buena pregunta, sí. Las cosas se están acelerando, Martínez, y desde la ciudad me llegan las noticias de que las prospecciones serán inminentes, así que vengo a comprarte el rancho definitivamente.

- Ya hemos hablado de esto varias veces, Lex. Mi rancho es muy grande y…

- Veinte mil dólares y un puesto para ti como jefe de grupo de explotación.

- Si no tengo ni idea de petróleo…

- Pero sí que sabrás contar el dinero a fin de mes, una posición desahogada… no te será difícil convencer a golpe de talonario a tus dos hermanos, así se hacen los negocios y tú eres un hombre inteligente, seguro.

- No sé, no sé –meneó la cabeza dudando el mayor de los Martínez.

Pausadamente se quitó el sombrero y se enjugó el sudor con el pañuelo de su cuello. Miró a Baxter con ojos codiciosos que este supo interpretar.

- Veinte mil dólares… tres mil solo para ti… y el puesto en la empresa, piénsalo pronto.

Una sonrisa se escapó entre los labios de Martínez al tiempo que decía en voz baja: tres mil solo para mi…

Baxter espoleó a su caballo y regresó satisfecho al pueblo.

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