DE NOMBRES DE CALLES, ESCRITORES OLVIDADOS, PAULAS Y PAULITAS

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Calle


Las calles de nuestros pueblos deben sus respectivos nombres a diferentes motivos. En primer lugar, está el tradicional, propio de las zonas más antiguas de las localidades. En este grupo podríamos incluir las calles “de la iglesia”, “del castillo”, “real” y similares. Pero luego existe un otro conjunto, que se corresponde con zonas de expansión del casco urbano, en más o menos el último siglo, cuyas calles de nueva construcción requieren comprensiblemente una denominación propia. En este segundo caso, los Ayuntamientos han tenido más libertad para “bautizar” las nuevas travesías y poder homenajear así a las personajes o instituciones nacionales, regionales, o incluso locales, que han creído merecedoras de dicho honor.


En Alhama tenemos un caso peculiar. Más allá de nombres de personalidades que cualquiera puede inmediatamente reconocer y cuya historia o contribución es bien sabida –como Goya, Lanuza o incluso Antonio López–, existe una calle con un nombre que suscita muchas más dudas: Benjamín Jarnés. ¿Quién era ese señor? Y, más importante, ¿qué le hizo merecedor de una calle en el pueblo? En las siguientes líneas se intentará dar una respuesta a tales preguntas.


De entrada, se puede definir a Jarnés como un escritor aragonés de la primera mitad del s. XX. Sin embargo, decir solo esto parece algo excesivamente escueto si lo que se pretende es conocer un poco al personaje. Conviene, por tanto, ampliar algo su biografía.


Benjamín Jarnés nació en el municipio zaragozano de Codo –junto a Belchite– un 7 de octubre en 1888. Fue el 17º hijo de un total de 22 –octavo del segundo matrimonio –del sastre del pueblo, quien también hacía las labores de sacristán. Siendo bastante joven Jarnés ingresó en el seminario de Zaragoza, aunque pronto, en 1909, abandonó una posible vida eclesiástica cuando fue requerido para hacer el servicio militar. Concluido el mismo, se reenganchó en las filas del Ejército.


Jarnes 2


Ya en el seno del Ejército ejerció de secretario en el Juzgado Militar de donde pasó al Cuerpo Auxiliar de Intendencia. Durante esta época, Jarnés estuvo destinado en lugares como Jaca, Zaragoza o Larache –en Marruecos– hasta que en 1920 fue trasladado a Madrid donde dejó su carrera militar para entregarse por completo a las letras. Hasta ese momento “solo” había escrito algunos artículos en distintas publicaciones periódicas aragonesas. Sin embargo, fue en el ambiente intelectual y cultural de la capital donde su talento literario explotó.


Así, un hecho fundamental en su devenir intelectual y literario fue su entrada en el círculo de Ortega y Gasset en 1925. A partir de entonces fue un asiduo colaborador en La Revista de Occidente e igualmente este fue el periodo en el que escribió sus más famosas obras, entre las que se pueden destacar, entre otros, títulos como El profesor inútil (1926); Sor Patrocinio, la monja de las llagas (1929); Zumalacárregui, el caudillo romántico (1931); Lo rojo y lo azul (1932) y, la novela que más nos interesa aquí, Paula y Paulita (1929).


Sin embargo, al estallar la guerra tuvo obligatoriamente que incorporarse al Ejército de la República al ostentar todavía el rango de teniente de complemento de intendencia. Durante la contienda civil, y ya ascendido a capitán, realizó labores propagandísticas en la retaguardia. Tristemente, una vez finalizado el conflicto y al igual que muchísimos –por no decir la mayoría de– intelectuales de su época, se vio forzado a afrontar el camino del exilio, en su caso a México.

Allí en América, retomó su actividad literaria con artículos en ciertas revistas y alguna novela más, aunque lejos del éxito que había tenido en España. Finalmente, pudo regresar en 1948, gravemente enfermo, para morir en Madrid el 11 de agosto de 1949 prácticamente en el anonimato, sin ningún tipo de repercusión en el mundo intelectual ni mucho menos una nota oficial.


Ahora ya conocemos a grandes rasgos quién fue Benjamín Jarnés. Nos queda entonces la pregunta de por qué se le dio su nombre a una calle de Alhama, cuya respuesta comienza a partir de aquí.

Jarnés fue un asiduo cliente de los balnearios de nuestra localidad, al menos de Termas Pallarés. No obstante, esto no parece suficiente para honrarle de esta manera. Realmente la lista de ilustres visitantes que ha venido a Alhama a tomar las aguas es a partes iguales vastísima e interesantísima –tanto que más de una vez he pensado que estaría mejor que bien sacar una breve guía que los recogiese a todos–. El factor que hace sobresalir a Jarnés frente a los demás es que él sitúa algunas de sus creaciones literarias en nuestro pueblo.


De esta forma, la primera presencia de Alhama en su obra acontece en el relato El río de Marcial, publicado en 1928 en la revista Mundo Ibérico. Se trata de una narración corta fácilmente accesible, ya que fue incluida en un recopilatorio de tres historias de Jarnés titulado Cuentos del agua. Esta pequeña colección fue publicada por la Universidad de Zaragoza en 2007 e incluye unas bellas ilustraciones de algunos lugares del municipio realizadas por Ana G. Lartitegui, que no reproduzco aquí por la cuestión de los derechos de autor.


Cuentos de agua


Su lectura puede resultar recomendable ya que sirve como muestra las formas literarias de Jarnés y, dada su brevedad, se completa en muy poco tiempo sin dificultad. Además, se desarrolla específicamente en Alhama, sin la máscara de una denominación literaria alternativa. No obstante, conviene advertir que se trata de un texto introspectivo y reflexivo, características estas propias del estilo de autor, muy poco dado a la acción o la narración de sucesos que puedan causar cierta excitación en el lector. Precisamente, es por su corta extensión por lo que su lectura puede ser asumida por un gran público actual, generalmente poco acostumbrado a tales maneras narrativas.


Pero, sin duda, la obra de Jarnés en la que más “luce” Alhama es Paula y Paulita, publicada en 1929 por la editorial de la propia Revista de Occidente. En esta ocasión nuestro pueblo aparece “oculto” bajo el nombre de “Aguas Vivas”. Sin embargo, el engaño no es tal y un lector que conozca la localidad la identificará pronto y sin problema.


Así, desde el mismo momento que el protagonista llega (¡qué típico!) en tren a la estación de “Aguas Vivas” y ha de cruzar un pasaje subterráneo para llegar al balneario ya se empieza a reconocer claramente la fisonomía alhameña. Más adelante las descripciones del lugar ahondan más si cabe en la evidente equivalencia entre “Aguas Vivas” y Alhama.


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Especialmente elocuente resulta en este sentido un curioso pasaje a comienzos del tercer capítulo de la primera parte del libro. Allí, el protagonista, y en ese momento narrador, especula, con una excelente dosis de imaginación y un tanto de deliciosa socarronería, cómo fue el proceso de crecimiento del balneario hasta llegar a su estado actual. En su peculiar reconstrucción de la historia del complejo habla del nacimiento de un lago con sus islas y góndolas, de la construcción de un panteón en una colina, de un río que se abrió cauce por allí, de un túnel en la montaña, de parques y jardines, de una estación de tren, de un gran casino, de un cine e incluso de un kiosko de periódicos. Es más, llega a mencionar un “Baño del Rey” que no cumple su función, que además está prácticamente abandonado y en el cual, más adelante, se desarrollará una escena de la novela.


Este pasaje sirve como una descripción inicial de lugar en el que se desarrollan los acontecimientos e inserta al lector en la atmósfera de la novela y, para nosotros que conocemos el paraje, resulta extraordinariamente revelador. No obstante, si se avanza en la lectura, siguen apreciándose pequeñas pinceladas descriptivas que corroboran que la acción sucede en una “Alhama literaria”. De esta forma, aparecen detalles como un torreón en una montaña junto al balneario, una avenida con el ferrocarril por encima que conecta el balneario con la iglesia del pueblo, un puente sobre el río que divide el pueblo en dos, un río rojo y turbio del color del ladrillo y ya citado por Marcial, u otros detalles como la oferta de entretenimiento del balneario que incluye un cine y actuaciones musicales en el casino.


Paula y Paulita


Por otra parte, la estructura de la novela se divide en dos partes claramente diferentes. La primera es la desarrollada en “Aguas Vivas”-Alhama y está narrada en primera persona por uno de los personajes. En la segunda, en cambio, el narrador pasa a ser omnisciente y el que parecía el indiscutible protagonista se convierte en uno de los personajes, quedando asimismo eclipsado por la aparición de un nuevo actor en la trama de gran fuerza y personalidad.


Esta segunda parte, se desarrolla además en la “Abadía de los Fresnos”. Tal enclave resulta ser un monasterio en ruinas con un hotel bastante cercano a “Aguas Vivas”. Se trata de un bello paraje natural en el que abundan las cascadas (algunas naturales, pero otras labradas por los monjes), hay también ciertas grutas, jardines, criaderos de truchas e incluso un calmado y silencioso lago. ¿Se le ocurre a usted algún lugar por la zona que reúna unas características similares?

Una vez visto que la narración se sitúa en una Alhama y un Monasterio de Piedra (¿lo había adivinado?) bajo “nombres falsos”. No está de más comentar algo de su trama sin destriparla o espoilearla, que se diría hoy en día.


A grandes rasgos, se puede decir que se ajusta muy bien a lo antes comentado sobre el estilo literario de Jarnés. Es una novela muy reflexiva, que refleja muchos pensamientos interiores y con más bien poca acción. Se aleja, por tanto, bastante del estilo de los best-sellers actuales dirigidos al gran público. Resulta, asimismo, una obra de un tono marcadamente burgués, pues no deja de contar la experiencia de pasar unas largas vacaciones en Alhama –con visita incluida al Monasterio– a principios del s. XX y todos los huéspedes son gente de una posición acomodada.

El gran tema de la novela, latente en todo momento, es el inexorable paso de la juventud a la vejez y la dicotomía entre estos conceptos. Así, la obra tiene siempre un trasfondo muy filosófico.

En la primera parte, se nos presenta a una madre y a su joven hija, las Paula y Paulita que dan título al libro, que no solo comparten el nombre, sino que funcionan como dos caras de una misma moneda, una joven y otra, sin ser nunca anciana, madura. Paula fue una vez Paulita y Paulita inevitablemente alguna vez será Paula.


En la segunda, parte, la principal cuestión es la decrepitud física de la senectud y, especialmente, la cuestión de si merece la pena llegar a ella o si es mejor una muerte cuando todavía se goza de buena salud física y mental. Las Paula y Paulita epónimas de la novela quedan apartadas totalmente a un segundo plano. Estas páginas tienen la sorprendente virtud de retomar un ideal tan antiguo como el de la bella muerte o καλος θάνατος, una idea muy presente en la mentalidad de la Grecia arcaica hace más de 2.500 años.


Ya vamos llegando al final de artículo. Cierto es que en Teoría del zumbel (1930), Jarnés presenta ciertas escasas referencias a un balneario y alguno de sus paisajes. Pero, si pueden identificarse con Alhama, es por la preeminencia con la que aparecen en Paula y Paulita, siendo esta probablemente la mayor obra de ficción literaria desarrollada en nuestro pueblo –si hablásemos de ficción en general seguramente estaría por detrás de la película de Berlanga Los jueves, milagro, al menos en popularidad–.


Por lo tanto, y volviendo al inicio, si Benjamín Jarnés se hizo merecedor de tener una calle en Alhama es porque era uno de los escritores más importantes de su época en España y decidió escoger nuestra localidad como ubicación para una de sus novelas.


Desgraciadamente, su nombre cayó demasiado en el olvido muy pronto. Habiendo sido un escritor habitual en círculos republicanos, y habiendo luchado en este bando durante la Guerra Civil, quedó relegado durante la dictadura. Mientras, desde la intelectualidad opuesta al franquismo, el escaso o nulo interés por los problemas sociales que mostró Jarnés en sus escritos hizo que nunca fuese demasiado estimado.


Quizá entonces Benjamín Jarnés sí merezca tener una calle con su nombre en Alhama y el problema sea que no se explique o se haya explicado el porqué. No podemos cambiar el pasado, pero sí el futuro. ¿Quién sabe? Tal vez se pueda empezar a subsanar este desconocimiento con charlas o cualquier otra actividad que ayude a poner en valor el nombre de Benjamín Jarnés y su relación con Alhama. Espero que estas modestas líneas sirvan, al menos, a tal fin.   

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