LA BIBLIOTECA DEL RÍO 4

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Lleva un tiempo el río transparente, casi todo marzo y estos diez días de abril. No importa que llueva ni que el cauce recoja pétalos claros de los diferentes árboles que han florecido. El sol y la nube cavan en el agua en busca del fondo: piedras, plantas, raíces que bailan al ritmo de la corriente, truchas huidizas, cangrejos con calaveras blancas en las pinzas. La vida siempre camina con un pie en la muerte, y por eso la vida es más gloriosa, bulle con ganas de primavera, verdea en las ramas que peló el invierno, los brotes se convierten en hojas desplegadas.

     También las hojas de los libros son brotes que se despliegan en la mente del lector. Muchas veces van bajando en busca del corazón, el músculo que indica el camino del alma, con su latir de campana constante. Las hojas de los libros nos ocupan como una primavera pendiente de conquistarnos. Nos permiten que nosotros escojamos el momento. Aguardan. Son pacientes. El invierno es nuestra responsabilidad. Los libros están llenos de simiente. Duermen en el estante.

     Alfonso, el pintor, ha hecho una biblioteca fabulosa en su casa. La ha construido con sus manos. Las estanterías colman las paredes de dos plantas, ascienden como en aquellos versos de Jorge Luis Borges, en su Poema de los dones:  “yo, que me figuraba el paraíso/ bajo la especie de una biblioteca”, con libros que Alfonso tiene de todas las épocas y de todos los géneros, enciclopedias, novelas, libros de poemas, una síntesis del mundo, donde han ido a parar, para que no se pierdan, los pensamientos, anhelos, descubrimientos, inspiraciones de miles de personas que ya se marcharon, como el cangrejo del río, pero que se quedaron en esas líneas impresas, casi infinitas, casi eternas, y dispuestas a seguir viviendo en quien las lea.

     Quien las lee les da también su vida, como ocurre en las mejores amistades y parejas: ya no pueden vivir el uno sin el otro, porque entre ambos construyen una realidad mucho más completa. Rilke, en sus Cartas a un joven poeta, habla del amor como de soledades juntas que se reverencian, que se complementan. Yo pienso en las llamas que se juntan en la chimenea y crecen cada una desde el tronco que está ardiendo.

     Le pregunto a Aurori por lo que está leyendo. He pasado debajo de su ventana, en la plaza. Es un día nublado, pero tiene más luz cuando ella asoma: El banquete anual de la cofradía de los sepultureros, responde,de Mathias Enard. Me llena de alegría saber que le está gustando.

     Continúo camino calle arriba y me detengo con Nati, en su puerta. Con ella también hablo de libros y me enseña una novela muy antigua, que ya leía su bisabuelo en esa misma casa, en el siglo XIX. Paso las páginas que me hablan de un tiempo desparecido pero que enseguida sale de las páginas en cuanto alguien les otorga vida con los ojos. Le pregunto a Nati por la lluvia que va a venir en esta tarde de primavera, porque Nati sabe todo lo que uno debe saber sobre este pueblo. Esta tarde seguro que graniza, me dice sonriendo, y es verdad, porque lo acaba de hacer mientras escribo. En la calle suena el torrente nuevo y fugitivo que ha creado la lluvia.

     Acabo de terminar de leer La mujer nueva, de Carmen Laforet, una novela que narra la renovación radical de una mujer en los años cincuenta, vital y espiritualmente. Una obra maestra. También yo vine, hace años, a Somaén a renovarme. Creo que lo he conseguido bastante y me siento agradecido mientras se silencia la lluvia.

     Me acuerdo de aquellos primeros meses en que Loli, otra artista, que conduce el club social, me recomendaba los mejores caminos de los alrededores. Justo hoy me ha mandado un mensaje su  hermana, Soledad, quien está leyendo el libro de mi hermano José María que recomendé en esta misma columna, y hace un juicio crítico excelente: “Rompe los cánones de las novelas, es un estudio psicológico”, dice y es verdad.

     Se lo cuento a mi amigo Javier Montes, compañero de fatigas literarias y del don inagotable de este pueblo. Y hablamos de nuestro vecino Jesús, que siembra flores y verduras, que a veces hemos encontrado en nuestras ventanas, como un regalo inesperado del verano.

     La tierra está ya removida, delante de los ojos, y ahora inundada por el granizo fugaz.

     Ha amanecido nublado, ya lo he dicho.

     Abro este periódico. Me encuentro una fotografía de Jesús Barrio, otro artista, infatigable, de la naturaleza, de la luz y de las aves.

     Esta mañana, los pájaros disparaban su canto entre la niebla.

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Montse Martínez
POR
Montserrat Martínez,
 19 oct

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